EL GANCHO DE ROPA de NDLeón
EL GANCHO
DE ROPA
La odisea empezó cuando
llego a la fábrica donde cachueleaba de lunes a viernes, medio tiempo. Toco el
timbre del guachimán vigilante, la llovizna gris de la mañana empaña mis lentes
bifocales. Hace frio y la humedad cala los huesos húmeros, y los huesitos de
las manos. Abren el portón, prendo la moto Honda XL100 todoterreno, ingreso
lento a la playa de estacionamiento de la planta, veo un tumulto de gente; ingenieros,
obreros, empleados; hablando, opinando, susurrando, al entorno de la camioneta
del gran jefe.
—¿Buenas, qué
pasta? —Pregunto bien sapo.
—La llave’tá dentro. Sí el jefe se entera va haber un
chongo. El ingeniero Benedicto está asusta’o.
Mientras que la
gentita seguía en el barullo opinando, me dirigí al camarín de los obreros,
agarré un gancho de ropa, con un alicate corté el amarre, lo pulseé, al cable le
di su curva reglamentaria y bajé donde estaban los filósofos de la huevadita.
—Permiso —me abrí paso entre los concurrentes. Con movimientos
precisos, quirúrgicos y control milimétrico, acomodé la manija para introducir
el cable por el estrecho agujerito. Concentración al máximo, precisión al
mínimo.
—¡Track! —sonó el
seguro —¡Bingo! —dije yo, feliz de la vida. Abrí la puerta de la camioneta,
volteé, algo pasó, me sorprendí de las caras extrañas. La alegría se convirtió
en desconfianza, duda, en gesto sombrío, miradas fiscalizadoras. Saqué la llave
del interior del auto. Se la entregué a mi jefe el ingeniero Benedicto. Me
retiré a mi centro de operaciones, al almacén, a marcar mi tarjeta de entrada.
Me mudé la ropa. Con el mameluco puesto ordené los estantes; tambores, discos de
freno y otras autopartes; pensaba.
—¿He hecho bien o he hecho mal? Por hacer un
bien, termino en una cagada.
Llego fin de mes. El
cajero con gesto adusto, seco, me entregó mi paga, un viático y un sobre manila
con mi despedida. Adiós con los panchos.
Volví a las
turbulentas calles de mi barrio populoso, de vida bulliciosa, talleres callejeros,
fulbito macho, microcomercializadores, ambulantes, extorsionadores y gobierno gansteril.
Dejé de confiar en las aguas mansas. Ahora cobro por adelantado a ricos y a
pobres, justo pagan por pecadores.
«El hombre
nace extremadamente bueno, es la sociedad la que lo corrompe». Jean-Jacques
Rousseau
NICOLÁS DANIEL LEÓN
CADENILLAS
Lima, 2026
