Los muertos no agonizan

"Cuanto más cambian las cosas, más siguen siendo lo mismo". Samuel Beckett

La crema y nata de la primera promoción de egresados de la Escuela de Teatro del Club Unión, formó una asociación de artistas profesionales con todas las de la ley. Con estatutos, derechos, deberes y obligaciones. Tuvieron en su poder una buena selección de obras del teatro político latinoamericano; pero, para realizar su primer montaje necesitaron los servicios de un actor, cholo fuerte, para que dé vida al personaje de labrador: un campesino curtido en la dureza de la tierra y de la vida. Encontraron al actor ídoneo en un güeveo espectacular en la cafetería de la Escuela de Tragicómicos y Oficios; dicho sea de paso en esos maravillosos años la cafetería vendía un riquísimo café pasado; el singular tragicómico se encontraba rodeado de jóvenes principiantes que lo escuchaban absorbidos, como los apóstoles al Maestro, de sus sorprendentes parácanicas (parábolas inverosímiles), de sus verdades fantasiosas; recetas y trucos gastronómicos y falsos viajes de ensueño. Dramáticamente fue interrumpido, con premeditación, alevosía y ventaja, en lo mejor de su mejor narrativa de verídicas mentiras verdaderas. Por la terrible falta de respeto se quedó sorprendido.

Luego me sonreí y pedí una breve pausa al micro auditorio.

- ¡Jesús, María y José! ¿Qué milagro es este, Dios Mío? Necesitamos un actor urgente con toditas tus características. ¿Te gustaría trabajar en una obra de humor negro? Los del Club Unión hemos formado una Asociación, cada miembro pone su cuota y las ganancías la repartimos equitativamente.

- Estoy aguja, y lo poco que gano es para la papa de mis hijitos.

- Tenemos local, público, publicidad asegurada, no hay pierde.

- ¿Puedo poner mi parte realizando la escenografía? ¡Es un decir!

- ¡Déjame consultarlo!

La Dirección General de la obra corría a cuenta, riesgo y responsabilidad totalitaria de una de las más efervecente estudiosa del socialismo rumbambera de la Sonora Matancera; mi simpática profesora de actuación VI; y yo siempre la recordaba con mucho cariño por los sucesivos símbolos rojos que me chantaba, rojimios que sobresalían en mi libretita de calificaciones; rojo, rojo por aquí, rojo por allá.

"¡Qué tiempos aquellos que no volverán!".

A la semana se me olvidó lo conversado. Pasó un mes y nuevamente en la misma cafetería llegó mi coleguita.

- ¡Aceptaron! Toma tu libreto, ya sabes tu personaje es el labrador; ah, y ponte un poco más al sol, soléate, para que ayudes a tu personaje, ahorita estás con pellejo de pollo crudo.

Eran los años de los gobiernos de facto; despóticos, injustos, crueles; de dictaduras, tíranos, asesinos y cobardes; títeres manipulados por el Tío Sam en toda Latinoamérica. A nosotros, los jóvenes de esas épocas, solo nos quedaba cantar las canciones de protesta en alguna Peña Latina para sentirnos bien o mejor, mientras que en otros muchos lugares, muchos hermanos, desaparecían.

"Qué culpa tiene el tomate que está tranquilo en la mata y viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa’ Caracas. // Cuándo querrá el Dios del cielo, que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda". (La hierba de los caminos).

Ensayamos un mes, en las noches; la escenografía por horas, la trabajé en algunas tardes y el resto de los días trabajaba como chofer de camión de fletes y carga. Sobreviví con las veinticuatro horas copadas.

Los personajes de "Los muertos no agonizan": una pareja de esposos terratenientes explotadores y una pareja de campesinos cansados de tanta explotación. Los actores protagonistas antiguos conocidos y reconocidos divos de gran trayectoria por los escenarios nacionales, radio y televisión; grandes y carismáticos profesionales a carta cabal. La actriz que personificaba a la campesina, en la ficción mi pareja, había ganado meses antes el Premio a la Mejor Actriz del Año. Y, yo, modestamente un ilustrísimo desconocido actor victoriano, salido de la cantera blanquiazul de los juveniles de La Victoria.

Llegó el día del estreno, me alcanzaron un programa, en la ficha técnica nada de escenografía; me fastidié, me dieron de excusa que había sido una error de imprenta, una travesura de los duendes, nunca me creí el cuento. En cuanto a mi personaje de tanto levantar el cajón fúnebre me había convertido en Super Cholo; en la obrita, en las escenas finales levantaba en vilo al actor y a su personaje; lo acomodaba, lo amarraba; bien amarradito lo cargaba de nuevo y como sí no pesara lo metía al cajón; después de clavar la tapa, me tiraba el ataúd al hombro y salía a paso de velorio del escenario hasta el pasadizo donde me esperaban dos jóvenes para recibir el pesote de encima y desclavar la tapa al toque para que el protagonista no le dé claustrofobia.

Cuando terminó la función del estreno, el éxito estuvo asegurado, los críticos y criticones, los amigos del arte, aficionados y sabelotodos; aclamaron con grandes y prolongados aplausos el buen trabajo desplegado. Ramos de rosas y de claveles, invitaciones y besos volados.

En mi camarín, solito, sacándome el barro de los pies, el maquillaje y el vestuario; para llegar bonito a mi dulce hogar; fui interrumpido por unos golpecitos delicaditos, el dueño del toquecito era el querido profesor y director de los fundadores y protagonistas de la Asociación.

- ¡Toc, toc, toc! ... ¿Se puueede?

- ¡Sipi, con confianza, pasen!

- ¡Felicitaciones! ¡Muy buena su interpretación! ¡Excelente caracterización! ¡Lo felicito, usted es una promesa nacional! ¡Lo voy a recomendar a PanTel! ¡Usted es un ejemplo latente para las futuras generaciones de nuestra Escuela y Asociación! ¿Dígame que promoción es usted?

- Gracias por los elogíos, mi querido y estimado profesor, yo soy actor invitado, soy egresado de la Escuela de Tragicómicos y Oficios, promoción XXVIII, ...

- ¿Perdón? ¿Cómo? Permiso, disculpe usted ...

- ¡Siga usted profesor!

Después de la linda experiencia actoral no supe nada de los famosos actores. Pasaron cuatro quinquenios y nos volvímos a encontrar en otro estreno, en la misma sala y con la misma Directora; en un clásico de Bertolt Brecht, donde los actores con canciones, versos y situaciones narrábamos una realidad dominada por conflictos políticos, sociales y bélicos. Que nos permitía reflexionar sobre el horror de la guerra y cómo resistir tamaño infortunio.

Igual que ayer, yo caracterízaba a un cholo "juerte", a un coracero (soldado de caballería), desgraciado y maldito, sediento de sangre, joyas, fama y dinero.

Gran estreno, todos los periódicos; de derecha, de izquierda y los periodicuchos panfletarios y amarillentos; hablaron bien de la obra. Con la calidad de los actores y el claro mensaje brechtiano nunca había pierde. Después de la función el gran maestro y vúdu de los grandes estrenos, profesor y director de la Escuela del Club, se dirigió a los camarines y saludó a todo el elenco. Miró a sus engreídos y se dirigió a los divos protagonistas. Nos volvímos a saludar, agradecí sus grandes elogíos, nos volvímos a mirar, y nos volvieron a presentar.

- Buen trabajo, lo felicito ... su caracterización me ha traído recuerdos, ¿Dígame que promoción es usted? ¡A usted lo he visto anteriormente ...

- Sí, fue aquisíto, en este mismo teatro, en este mismo camarín, con la misma directora y con la mismos protagonistas … estoy seguro que mi nombre no le va a decir nada ... pero ... quizás recuerda algo de mí ... yo soy actor invitado, egresado de la Escuela de Tragicómicos y Oficios, promoción XXVIII, mi estimado y querido profesor …

- ¡Lo recuerdo … ahora lo recuerdo a usted! … ¡Perdón! Permiso, disculpe usted …

- ¡Siga usted profesor!

"¡Qué bonito es recordar! ¡Qué tiempos aquellos que no volverán!".

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