Esquí alpino y supervivencia en los Alpes

La verdad no sé por qué se me ocurrió meterme a un nuevo curso de esquí y todavía a esquí alpino. Fue una decisión equivocada de mi gusanillo sadomasoquismo que habita en mi subconciente de mi maltratado y cansado cerebro o que sé yo. No estoy aburrido de la vida y me meto hacer cojudeces a la vejez. ¿Por qué me matriculé? Nuevamente no tengo respuestas. El año pasado en el curso de esquí para principiantes ya había demostrado condiciones negativas para practicar este bello deporte de invierno. Fue sumamente díficil, en el primer intento de sostenerme de pie con los esquís puestos, cataplúm, me saqué la chochoca patas arriba. Después del golpazo traté de desatarme, los esquís se me habían cruzado con las piernas, se me había hecho un nudo. Apunte de repeticiones aprendí a pararme deportivamente. Durante todo el tiempo que duró el curso fue lo que más practiqué. En el último día de clase subímos una cuesta ligerita hasta la cafetería del club para hacer un brindis de despedida; llegué con los dedos de los pies acalambrados pero llegué, brindé y bajé con mis esquís sobre el hombro, casi derrotado pero un casi en el argot peruano es como haber ganado.

- ¡A la segunda va la vencida!

Diciembre del 2010. Ahora llegó el momento de descobrarmela, pensé que todo esto sería más fácil, ya había pagado piso, por lo tanto todo sería más facilito, más papayita. Sonó el reloj despertador, como buen creyente me persigné al toque, abrí las persianas y todo estaba completamente oscuro de oscuridad solar. Miré el reloj y éste no se había equivocado: Siete de la mañana, y afuera parecía media noche. Miré el termómetro: Diez grados bajo cero (-10° C). ¡¡Mamá!! En el noticiero metereológico habían pronosticado, un buen día. Hasta el momento no entiendo, ni entendí que quisieron decir con buen día. Las clases empezaban a las ocho de la mañana en punto. Salímos con tiempo de la casa, afuera una menuda y persistente nevada nos esperaba, subímos al automóvil, me llevaron directamente al cadalso. Llegamos al lugar de los hechos, bajé del auto y recibí un cachetadón de viento frío que me rajó la cara, los esquís parecían dos raspadillas heladísimas, me acomodé los guantes de lana y encima los guantes de cuero, me pusé las botas reglamentarias super rígidas especiales, fue como ponerme dos botas de yeso que parecían cascos. Suerte que tenía debajo de mi ropa de esquiar mis calzoncillos largos y dos pares de medias de lana, dos camisetas térmicas de manga larga, encima del traje una chompa de alpaca de Puno, y un casacón de cuero blanco de oso polar, mi gorrito de lana con orejeras y encima mi gorro modelo Chavo del 8, pero el frío me calaba los huesos. Mis acompañantes me quisieron acompañar, se miraron y se arrepentieron, cuando giraron para regresar con dirección al auto, el primero se sacó el ancho, él con sus bastones y experiencia volaron por los aires, mientras que el segundo se caía en cámara lenta sacándose la mugre, y yo mirando todo el espectáculo, tiritando y muriéndome de frío. Me faltaba cincuenta metritos para llegar a la caseta del club donde me esperaban los demás kamikazes suicidas. Caminé por el caminito lleno de nieve que parecía enjabonado, casi arrastrando los pies, lentamente,
con paso de pingüino a lo Carlitos Chaplín, rezando para mis adentros llegué sanito. Gracias a Dios. Me preguntaron mi nombre y respondí moviendo los ojos, tenía toda la cara congelada y no podía mover los músculos faciales. La hipotermia me había afectado y comenzé a amodorrarme. Un grito militar me puso en alerta.

- Guten Morgen!! ¡¡Buenos días!! ¡Mi nombre es Otto Wismarck! Yo soy el instructor del curso de esquí alpino. Como todos ustedes son adultos me pueden llamar: "¡Señor proffesor Otto Wismarck!". Bueno, acabó el recreo, los esquís en sus sitios ¡Pónganselos! ¡Rápido! ¡Ya hemos perdido mucho tiempo! ¡Síganme, nos dirigimos a la otra loma!

No había banquita ni nada que se parezca. Pusimos los esquís bien acomodaditos en el suelo sobre la nieve, acoplamos el primer botín por la punta y talón. Al intentar colocar el segundo botin en su respectivo esquí, empezaron los problemas, todo se movía, los esquís, la nieve, y suavemente nos empotrábamos en el hielo como grandes papanatas. Por fín cumplí el objetivo, apoyado de los bastones me di una ayudadita para arrancar y zuácate, gran volada de costado, sacándome la ñoña de padre y señor mío. Me levanté ligerito por experiencia conocía el truco para estar de pie. Llegó el momento que nos deslizabamos como profesionales, uno detrás de otros, en fila india, sincronizados armoniosamente, muy bonito y artístico, nos llegó una curva amplia y con toda elegancia seguí de frente, no pude voltear, volé de palomita como en los dibujos animados, después del aterrizaje forzoso me levanté con nieve hasta en los calzoncillos. La clase seguía, los gritos del instructor también, saludaba y felicitaba a algunos y seguía de frente con otros, mejor dicho, de mi. Gracias a Dios que en plena clase no me dio ganas de hacer pichi porque sino hubiera sido un espectáculo mayor aparte, con tanta ropa y encima sin ningún arbolito a la redonda, hubiera sido una tragedia china. Faltando pocos minutos para que finalice la clase del primer día, los últimos minutos de las seis horas interrumpidas, nos tocó una bajadita, teníamos que inclinarnos doblando las rodillas, buscando nuestro punto de equilibrio, los palos sujetarlos firmemente entre los brazos y el cuerpo, tomamos más viada en esa posición, todo chévere hasta que los esquís flaquearon, no pudieron mantenerse paralelamente estables
y se abrieron como tijeras de danzantes ayacuchanos y en el último segundo del primer dia de clase me saqué la jijunagranpepa. Antes que yo pida chepa, el instructor dio por finalizado la clase.

- ¡Mañana nos encontramos en el mismo lugar! ¡Por favor ocho en punto!

Me saqué los esquíes y la siguiente pendiente la bajé con los esquíes sobre el hombro. Los demás se sonrieron a mis espaldas. Un instructor de los infantes me dio ánimo.

- ¡Suerte que hemos tenido un bonito día!
- ¡Quéee!
- ¡No ha hecho tanto frío!
- ¡Diez grados bajo cero te parece un bonito día! ¿Quién es el loco Dios mío? ¿Tu o yo?

Y así fueron pasando los días, y todos los días, y todos días con las mismas letanías
, con altibajos, caídas, bajaditas, subiditas, frío, más frío, golpes, dolores, moretones, vendajes, frotaciones, miedos, pesadillas, temblores, entumecimientos, agarrotamientos, primeros auxilios, etecé, etcétera, etcétera. Hasta que se acabaron las clases del curso de los interrumpidos diez días.

- ¿Pero ... una preguntita? ¿Aprendiste o no aprendiste esquí alpino?
- ¡Eso qué interesa! ¡Lo más importante es que sigo vivo! ¿Entiendes? ¡Estoy vivo! ¡
Qué pregunta! ¡Esa pregunta ni se pregunta! ¡Dios Mío!

1 comentario:

daria dijo...

amore - la verdad? si yo me la sé ... tienes una gran imaginación -
como en tu fantasía ya has sufrido todas las muertes, qué más te podría ocurrir? la próxima vez que viajaremos al sur te inscribiré de verdad en un curso y una vez vas a gozar la delicia de una bajada real en la nieve, vas a perder el pánico de salir de la casa ...
me buscas? ya estoy en la pista ...