La Profesora de Civismo

(civismo del latín civis, ciudadano y ciudad).

Basado en hechos reales, de fuentes fidedignas y verdaderas. Versión libre del original. Adaptación corregida, achicada, aumentada, cortada, tijereteada, certificada y archivada.

Para B&A, con cariño y estimación.

Chateando con la pareja de trotamundos profesionales, Tal para Cual; mi maestro y amigo del país oriental, el catedrático de La Catedral, experto catador de vinos, con su aureola positiva me aconsejaba donde podía conseguir condimentos para preparar potajes peruanos. Valicha, su linda y dulce esposa de claveles y amancaes, no ve con buenos ojos que nos reunamos porque es más que seguro, segurísimo, 100% seguro que nos ponemos a degustar una botella de pisco peruano; ella tiene toda la razón del mundo.

Hablando del buen sabor de nuestras especias, de nuestras cebollas, ajíes, rocotos, ajos, culantro, clavo y canela, nos acordamos de nuestros paisanos latinoamericanos y de sus hazañas de antología.

En la conversación me acordé del conocidísimo Paco Sacco, vecino y Alguacil del Distrito de La Victoria; me acordé de sus ocurrencias; el famoso c. Paquito Sacco con Z de sapazo, él sabe la vida, pasión, atraco, arreglos, chanchullos y fuga de muchos de sus compañeros; él es el gran organizador de las reuniones socio-políticas, actualmente sigue siendo el insustituible anfitrión del antiguo Sector 7° Seasap, local donde funciona el “Spa”: “No lo digas, Cántalo” “Salón de Belleza, Peinados, Masajes y Manicure”.

La fina lengua del c. Sacco dió a entender que el salón de belleza prestó pelucas a la inocente ratoncita Luciana para que su papito se camufle con Libertad y se esconda en su guarida de León y pueda bailar con Alegría un fraternal “triste con fuga de tondero”.

Paseando por los Alpes, caminando por primera vez en una escarpada ‘montaña, sin luz en la cabaña, sin nadie a quien amar, ausente de mi madre, bendita que me adora y que tal vez me llora en su lejano hogar’. Soportando la cruda estación de invierno junto al lago Chiemsee, haciendo memoria comenzé a compaginar una anécdota de antaño que me contó el c. Paquito, el muy listo tomó sus precauciones, pues nunca me dió el nombre ni apellido, ninguna huella de su estrella ni dato alguno, sólo se limitó decir que de cariño la llamaban Meche.

Hace muchísimos años, en la prehistorica época paleolítica de los tranvías, de los colectivos, de los colepatos, viejos y lentos automóviles adaptados al servicio público; sucedió un acontecimiento ejemplar para los Hermanos del Séptimo Sector.

En un Colegio Nacional de Miraflores trabajaba la señorita Meche como Educadora en el nivel secundario teniendo a su cargo los cursos de Educación Cívica, Religión, Lengua y Literatura.

En el ilustre colegio miraflorino los días con sus horas caminaban pesadamente al compás del canceriano mes de junio, en el colegio todo era normal, monótono, las profesoras esperando el pago del mes que ya pasó, los alumnos estudiando para dar sus pruebas de recuperación y librarse de las coloradas notas; hasta que se escuchó una melódica noticia que corrió como reguero de pólvora, habían llegado los cheques. Llegaba el pago del mes de mayo a mediados de junio, como siempre, atrasado, las profesoras dejaron las aulas inmediatamente, como una estampida de aves fueron a Contabilidad a recoger sus sobres con los chequecitos, abandonando a los abnegados alumnos a su suerte, dejaron los deberes y obligaciones sin preocuparse que dirán los padres de familia; tomando aire se enrumbaron como atletas de pentatlón por las estropeadas calles a la caza de un colectivo para que las lleven a un Banco de la Nación, era toda una competencia quien subía primero al colepato, el Banco más cerca no estaba tan cercano, media hora de viaje hasta el centro comercial de San Isidro; poco a poco iban llegando al Banco, acomodándose en las colas de las ventanillas designadas para los cheques del profesorado, llegaban todas descuajeringadas, despeinadas, con las trenzas revueltas, trenzas que tenían que ser soltadas brevemente para ser rehechas, con las medias corridas, el rouge descolorido o desaparecido, el rímel o máscara de pestañas corriendo por las mejillas, el maquillaje hecho una desgracia, los tacones movidos de su sitio y gastados por las picadas y frenadas desesperadas; en la colita más tranquilas, jadeando, controlando el aire se iban acomodando todo lo que se les había movido de su sitio o salido de su lugar por la velocidad del traslado, arreglaban sus prendas de vestir e íntimas también, después seguía el ceremonioso ritual, color a los cachetes, secaban el sudor que les corría por la frente y sienes, poco a poco iban recuperando su porte de docentes; y la bendita cola marchaba lentamente, todos los meses la misma jarana, el mismo sueldo, el mismo sueldo insignificante, ser apóstol de la educación en este país de mierda era una explotación anunciada, mal pagados, siempre mal pagados, pero qué iban hacer, es su profesión, tenían que seguir adelante, no les quedaba otra. Agonizar o morir en la playa, no había escapatoria.

La señorita c. Meche, profesora sindicalista, hablaba en la cola, hablaba, hablaba y hablaba, siempre con el mismo rollo, muchas veces no se le entendía ni papa que es lo que quería decir, hablaba como una cotorra, hablaba como si estuviera dando un examen oral de paporreta, las personas ajenas al magisterio decían que hablaba bonito porque le ponía énfasis, puntos y comas. Cada oración que declamaba en su oratoria parecía un vómito de surtido de libros, qué manera de hablar, qué tal lengua, hacía trabajar a la mentirosa en dos turnos con sobretiempo; suerte que a esas alturas nadie la escuchaba, todas las colegas miraban el reloj y estaban preocupas por el cambio del chequecito y salir cueteadas para tomar nuevamente el colectivo, bus o lo que sea y regresar al colegio para firmar el Libro de Asistencia en la sección Salida, cuyo renglón había sido subrayado con líneas de tinta roja, y así poder retirarse del centro laboral con la conciencia tranquila y el deber cumplido.

Una a una iban saliendo las mártires de la educación del conocido Banco, salían con sonrisas nerviosas llenas de satisfacción.

Hasta que por fin le llegó el turno a la encantadora de serpientes, toda seria y activa abrió su cartera de cuero marrón búfalo, mirando desconfiadamente para los costados con cautela y precaución, cuidándose de los compañeros del partido, sacó el cheque correspondiente al mes de mayo que estaba oculto y bien dobladito en la secreta de su billetera, avanzó dos pasos y alargando el brazo entregó el documento por la rendija del vidrio a la señorita encargada de la caja.

La cajera había escuchado hasta el cansancio las repetidas arengas que sonaban para sus finos oídos como un molesto repiquetear de ametralladora de letras; irritada y crispada de los nervios, fastidiada, muy fastidiada de atender tanta gente y todavía profesoras de colegio nacional, mirando fijamente el reloj principal, suspiró, faltaban escasos minutos para terminar su decente horario de trabajo. Chequeó el cheque en fracción de segundos y poniendo la mejor de sus sonrisas piadosas regresó el cheque a su dueña, diciéndole pausada y maternalmente:

- “Disculpe señorita, el sello y la firma están borrosas, por favor tenga la amabilidad de ponerse a un lado para poder seguir atendiendo. Gracias”.

La oradora haciendo un gesto de interrogación con la ceja, no se quedó muda, inmediatamente reclamó, apoyándose en las pocas colegas que seguían detrás de ella, exclamó con un nudo en garganta:

- “Pero si todas tenemos el mismo sello y la misma firma”.

- “Seguro, cierto, muy cierto, pero el suyo está borroso, cámbielo y yo misma la atenderé cuando usted regrese. Gracias. Ahora por favor avance, muévase, camine fuera de la cola por favor, tengo que seguir con mi trabajo. Permiso. Gracias”.

Mechita, sacando su agitado pañuelo blanco, se limpió la frente, la boca, la lengua viperina, respirando profundamente, inhalando todo el aire de la sala como para zambullirse en un remolino ideológico, sonriendo hipócritamente usando su máscara a manera de mascarada como cuando habla en las sesiones del Sindicato ofreciendo múltiples promesas que luego nunca cumple; murmuró entre dientes muy suavecito como quien lanza un punzante dardo venenoso teledirigido, muy bajito como para que nadie escuche, masticó y escupió letalmente:

- “!!!Qué buena hija de puta eres conchadtumadre, qué buena mierda eres, atiéndeme bonito mal parida, te vas a cagar conmigo, cojuda, tú no sabes con quién te has metido, chuchatumadre, tú no sabes quién soy yo, cagada de mierda, porquería, empleadita, mequetrefe rechuchattumadre, ... !!!”.

La cajera abrió sus hermosos ojazos verdes y ahogándose, quedándose sin aire por unos segundos, tiempo que Mechita, la profesora de Educación Cívica y Religión, aprovechó para voltear sobre sus tacones y retirarse muy altiva, seria y elegantemente, sonriendo como una Sor y pidiendo permiso muy diplomáticamente. Avanzó y se despidió.

- “Buenas tardes a todos”.

Se le escuchó decir en un tono super educadísimo de niña buena de cuentos de hadas.

Perdiéndose en la neblina y smog de la calle.

La cajera alcanzó a decir:

- “!Y es profesora!”

- “¡Si! ¡Nosotras también!”, respondieron en coro las colegas.
- “¿Necesita una profesora?”
- “¿De que materia?”
- “Hable con confianza señorita”.

El reloj marcó las 6 pm, el portero cerró las puertas. La atención continuó ... en silencio.

* "La Cabaña" de Alejandro Sáenz.
Karlsruhe, 06/Marzo/2009

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