Mi esposo regalo de Dios



















Mi esposo regalo de Dios

(La balada de Ladys y Coté)

En mi barrio hay muchas tiendas, tienditas y tiendotas, pero una tienda es la vedette la famosa. Es el oasis comercial. Por su ubicación geográfica es el punto de orientación, de reencuentro y esparcimiento. Se localiza en un lugar estratégico, limita con la frontera, junto a Parinacochas Prologación. Es la casa del jabonero, el que no cae resbala. Es el Super Market del barrunto.

Vende de todo como en botica.

Vende: “Verduras, comestibles, útiles de oficina, perfumería, dulces y golosinas; es bazar-ferretería; licorería, heladería, panadería y pastelería; tambien funciona como Locutorio y Cabina de Internet. Leen el futuro: La señora es vidente tarotista especialista en temas de pareja. Además atiende con servicio Delivery y de yapa dan una estampita”.

En la actualidad las señoritas que despachan en la tienda ya no son tan bonitas ni tan eficientes como las de ayer. El dueño Coté (esposo de Ladys, la dueña y señora) tenía muy buen ojo para escoger a las empleadas. Estas jovencitas eran eficientes y mamacitas. Había de todo tipo, morochas, blanquitas, negritas, cholitas, zambitas, chinitas. Eso si con un adjetivo común, ¡Ricuritas!.

Algunos clientes se convirtieron en asiduos concurrentes, llegaban a cada momento y compraban cualquier estupidez, logrando su objetivo. Llegaron a conquistar, a formalizar, a casarse con las señoritas empleadas. Todo era armonía y felicidad en la tienda, todos contentos.

Más contento estaba el señor Coté que tenía su calentao dentro de la tienda, una morochita muy linda, muy recta, muy servicial, pero no llegaba a la Caja. No era para tanto, según Coté.

El dueño pagaba a sus empleadas sueldo mínimo más almuerzo por el turno de trabajo y les brindaba cuarto con cama adentro para las que vivían lejos. Todo estaba bien craneado.

En la Caja estaba la inamovible Betty con su carita seria, era la cholita de confianza de la señora dueña. Pero alcahueteaba al patrón. Jugaba a dos cachetes.

La Una de la tarde era la hora punta del refrigerio, del papeo de todo el personal, incluso los dueños, hijos y abuelos se sentaban a la mesa a almorzar.

Betty tenía un marinovio mecánico de autos que llegaba a comprar exactamente a la Una de la tarde pasado meridiano. Llegaba todos los días y fiestas de guardar con el mismo billete de Diez Soles y pedía la misma marca de detergente, para su aseo personal, y algunas cositas más.

Betty, la de la Caja, atendía y despachaba muy seriamente como a un extraño al joven mecánico, éste de vez en cuando se equivocaba, metía la pata o la memoria le fallaba, ella lo corregía sin parpadear. El joven pedía un tarro de leche evaporada y la señorita le despachaba cuatro tarros; un rollo de papel higienico y le daba un sixpack; cien gramos de jamonada y le entregaba medio kilo; y al final salía con botella de Gaseosa de tres litros, aceite, pan molde, cigarros, chicles, caramelos, etc. Le faltaba manos. Y así todos los días, todos los días, el mismo baile se repetía.

Doña Ladys, es la hija única de los propietarios del inmueble de tres pisos, y tiene su casa junto a la tienda. En casa en medio de la pared de su sala tiene un cuadro, una impresionante gigantografía de la Develación del Busto del Santo Español Josemaría Escribá de Balaguer, develación que se realizó en la Ciudad de Santa Ana de la hermana República de El Salvador en Centroamérica.

Ella, la doña, confesó a una de sus fieles que la foto se la había envíado una ferviente devota hermana laica desde el Estado Federado de California (USA) hasta Balconcillo City del Distrito de La Victoria, Lima- Perú, por E-Mail. Y que ella ni corta ni perezosa lo había mandado imprimir bastante grande para impresionar a las vecinas y vecinos, y de paso para que los extraños del Reino de Dios tengan la oportunidad de observar al creador del Opus Dei que traducido en buen cristiano significa Obra de Dios.

También le había mandado poner al cuadro cuatro foquitos, dos arriba y uno a cada lado, y persignándose decía:

- “Para que el Santo esté iluminando a las visitas”.

Doña Ladys, la dueña de la tienda siempre se reunía con las vecinas, amigas y clientas del barrio los días miercoles. Ella ponía el local haciendo pasar a las invitadas a la sala de su casa que estaba preciosamente decorada con el cuadro de Josemaría. Y en este recinto de humildad se hacían las reuniones de confraternidad. La doña invitaba un calentito café pasado del bueno, acompañado con galletitas de soda con mantequilla y quesito fresco en cuadraditos. Mientras las impacientes loras sin permiso ni orden empezaban a cotorrear a discreción. La Doña se ponía al día con el fresco chisme recién salidito del horno, todas las señoras hablaban pestes de sus maridos, atropellándose semánticamente:

- “¡¡¡Qué mi marido así, que mi marido asá, que mi marido tal por cuál, que mi marido no cumple con sus obligaciones, que mi marido es un mamero hijito de mamá, que mi marido es o se hace el cojudo me huele que tiene trampa, que mi marido se levanta muy temprano, que el cojudo duerme mucho, que toma mucho, que dice que trabaja demasiado, que llega cansado al ring de las cuatro perillas, que prefiere cuidar a los bebes, que no quiere ir a las polladas, que se aburre en las fiestas, que se duerme; que se va a jugar fulbito a las diez de la mañana, que regresa gateando a las diez de la noche, que ya no le interesa la yunsa de los familiares, que se ha vuelto un antisocial, que no quiere ir a misa, ... etc!!!”.

Doña Ladys escuchaba todas las quejas al final ella tenía la última palabra, mirando a todas como una madre superiora, masticando las palabras sincera y orgullosamente, sacando pecho se acomodaba en su sillón de cuero de pollino, y les decía:

- "Lo que es yo, no me puedo quejar, Dios me ha mandado un Regalo del Cielo. Mi Coté es Mi Don del Señor, es mi amigo, mi amante, es un esposo ejemplar, es un padre responsable, es trabajador, honrado y a mi me engríe mañana, tarde y noche. Sobre todo en las noches".

Y la Doña terminaba esbozando una sonrisilla hipócritamente maliciosa.
Cuando acababa la reunión, rezaban el Credo, el Padre Nuestro, un Gloria y Ave María, y la Doña daba por concluía recitando en latín:

- “Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, lesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amén”. “Podéis ir en Paz, queridas”.

Un día la señora dueña se enfermó y ya no salía de la casa, que quedaba en el mismo inmueble del negocio, pero desde su cama observando la pantalla del vídeo de vigilancia, estaba atenta de lo que ocurría en la tienda. El esposo con la complicidad de la señorita cajera, que alcahueteaba el romance adúltero del señor con la morochita, no se percataron que en una breve salida de la señora de su recámara, salida inesperada sin previo aviso. El señor fue ligeramente ampayado.

La señora olió algo raro en el ambiente, la atmósfera estaba turbia, sombría, cargada de raresas. Se dió cuenta que algo no estaba andando bien, procesó todo en su camita y sacando la raiz cuadrada descubrió el engaño, el vil engaño.

En un arrebato de celos, en un ataque de nervios, de impotencia, de indignación, pero conservando su dignidad, despidió ipso pucho a todos los empleados y empleadas, menos a Betty y contrató nuevo personal con su Visto Bueno. Mandó hacer un arqueo, un inventario a toda la tienda, sección por sección, sector por sector, cajón por cajón. La cajera con su carita de cojuda de mosca muerta, de seriecita, paradita junto a la caja, en su deseperación quiso explicar y comenzó hablar, y ...

- ¡Habló!

Habló de más, faltaba poco para que le metan un cachetón y callarla, no había como hacerle callar. Hablaba echando toda la culpa al perfecto esposo.

El marido, rosado, verde, rojo, de todos los colores. Miraba incrédulo como lo hacían papilla. Miraba al cielo para que un rayo la parta y la calle. Se preguntaba mirando una estampita junto a la caja, donde había metido la pata. Después del arqueo quedó demostrado que faltaba miles de soles, el esposito lindo, El Regalo de Dios, se había tirado un buen billetazo.

Las vecinas, las del cafecito, se encargaron de propagar el chisme y así todo el barrio se enteró que don Coté le había instalado, le había parado un centro de Internet a su señorita enamorada por su llonja.

Y la joyita de la cajera aprovechando el pánico se habia levantado Treinta Mil Soles de pucho en pucho. Es decir todas las compritas del medio día que hacía el marinovio hacían un total de Treinta Mil Soles.

El esposito lindo, el ejemplo del barrio, el hombre puritano, el padre ejemplar, había sacado los pies del plato, toda la urbanización y público en general quedaron anonadados, los vecinos pasmados, no lo podían creer.

El Don de Dios, pidió perdón, se recontrasueleó en el pasadizo de la tienda, juró por su madrecita que ya no lo iba ser, por sus mellizos de veinte años, por su nietecita pedía perdón, se hizo la señal de la cruz al revés, temblaba, tartamudeaba, tenía todos los nervios de punta.

Coté con lágrimas en los ojos, juró, balbuceó, zapateó, gritó:

- "¡Perdón ... que he sido un huevón!" “¡¡Perdón, perdonenme, el diablo me tentó, por favor mujer ayudame a salir del pecado. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa!!”.

Siguió gritando revolcándose en la vereda, su blanco cilicio (vestidura áspera deliberadamente provocadora de incomodidad y sufrimiento) se ensuciaba con los escupitajos de los borrachos, parecía un estropajo humano revuelto con la espuma de cerveza y puchos de cigarrillos. Los mirones pensaban que estaba haciendo pura alharaca, haciendo un espectáculo conmovedor, desgarrador, para toda la platea y conseguir el perdón celestial.

- “¡¡¡Jesús Salvador que salvaste a todas las personas de sus pecados, que los libraste del castigo del pecado!!!” ¡Sálvame de éste pecado infernal que me quema el corazón y las manos!

Gritaba el adúltero fuera de si en la vereda, escupiendo saliva como un verdadero loquito del cerebro. Las señoras que pasaban se reían y cuchicheando por las comisuras de sus labios, decían:

- “¡A éste le debe de quemar otra cosa! ¡Mentiroso! ¡Cochino! ¡Viejo verde de miercoles! ¡La chica podía ser su hija! ¡Serrano de mierda!

Entonces Ladys, la señora dueña, con su alma magnánima, poniéndose una mano en su corazón partío y alzando la mirada hasta el infinito, mirando el cielo despejado de nubes, levantó su nobleza, su raza, su estirpe, se encomendó a Taita Cristo con los ojos humedecidos por el llanto y ... de repente como sí un bálsamo de amor fuese derramado ... ¡Perdonó! ... Perdonó al hijo de puta, al mal nacido, al adúltero de porquería.

Como anécdota quedó en el recuerdo la canasta familiar que Ladys rifaba todos los años por el Dia del Padre, concurso que es ocioso decir que Coté siempre ganaba por muchos cuerpos. Al segundo y tercer puesto Coté le ganaba por docenas de rifas de ventaja. En la actualidad ya no hay rifa, no hay postulantes, muchos menos inscripciones, ya no hay ganas ni esposos ejemplares. Los espositos indisciplinados siguen con su vida normal, no hay comparaciones. A las canastas le salen moho. Todavía en algunos postes siguen pegados letreros, todos corroidos por el tiempo, que se puede leer claramente:

“Inscriba y Vote por el Padre del Año. Gran Rifa Canasta Familiar. Tienda Ladys".

Todo esto es un periódico de ayer. Buscar un nuevo esposo ejemplar es como buscar una aguja en un pajar. Las señoras ya no se reúnen, ya no hay cafecito ni galletitas gratis.

Ahora al buenito de Coté lo vemos como un piadoso seminarista, encadenado con una cadena de fé, ahora se porta bien, los hijos lo controlan, el suegro lo guapea, el perro le ladra lo mira mal y le mea los zapatos.

Al año siguiente, después del espectáculo de Coté, en el Día del Padre, las señoras sin ponerse de acuerdo llegaron a la tienda, mudas, como si el chisme y sus hocicos estuvieran de luto, ya no hablan, no chismean, sólo piensan que:

“Más vale un borracho conocido que un Regalo de Dios”.

“En el Nombre del Padre” “y del Hijo” “y del Espíritu Santo” “Amén”.

Agradecimiento especial a Claudia (por la postal del Santero), a Kattia, Gipsy, Gladys, Erika, Norma, Meche, Lili, Alicia, Daniela, Augusta, Ana, Nelly, Cira, Marybel, Irene, Haydeé, Rosario, Katharina, Enriqueta, Bertha, Cecilia, Rosa, Natty, Ada, Mary, a la Chati Nancy; y a todas las personas que con sus datos, con sus chismes y colaboración desinteresada, han hecho posible que este cuentito se realice, sin ellos no se hubiera escrito nada. Gracias. TS/Agosto/2008

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